skip to main |
skip to sidebar


Eva no toma la manzana. Sacude el árbol, pero el gesto es el gesto ingenuo de quien descubre una lluvia de hojas. A su edad.
Han pasado días y Adán optó ya por el silencio, por ese pequeño destierro que lo separa de ella, siempre a una distancia pulcra, siempre cuidando que sus caminatas de bajo perfil no se confundan con los pasos de un cazador al acecho. No es para menos. Antes Adán tomó la iniciativa, sin manzana, y quiso poner su cuerpo sobre el cuerpo de Eva. Ella –o, mejor dicho, su instinto de mujer, perfeccionado de pronto, como si Eva viniera de otras Evas cuyos genes han construido un mecanismo de especie que la rebasa, como el lenguado aprendió a repetir el color del suelo que lo esconde– dice que no. Que nunca es bueno entregarse, así nada más, al primer hombre. Que prefiere guardarse para otro.
La serpiente, fastidiada, duerme. Y la historia termina ahí, literalmente.


La palabra también es cobarde. Carece de músculos propios y se mueve bajo hilos de pluma fuente. Por eso, cuando este hombre dijo la mentira, las palabras no se opusieron a ella, y donde escribió:
"tengo la obligación de enviarle sus pertenencias que alguna vez supe mías. Con ellas envío también una memoria en desuso y la tarea de revolver las letras del nombre suyo, para ya no tenerlo más", debió decir:
"guardo estas cosas mías que alguna vez fueron tuyas, como cábala para el retorno. Las guardo donde guardo tu nombre repetido y la navaja que me mate si al volver no te quedas".
Esto debió decir o esto pudo haber escrito más tarde a manera de Fe de Erratas. Pero las erratas son palabras y lo son por cobardes.
Y, además, si de algo carece una Errata, es de Fe.


En el abrazo, el meridiano nos separa.
Qué se le va a hacer: tú me amabas hoy. Al mismo tiempo, yo mañana.


—Y para finalizar ¿quisiera decir unas palabras?
—Sí, claro: manglar, monolito, azahar, libélula.


Ésta, señor, es una isla peculiar donde la esperanza de vida es de 130 años. Es una lástima que sus habitantes vivan en promedio 75.